por Gus Reimon
El problema no es solamente el contexto internacional. El problema es que Argentina enfrenta esta tormenta con un equipo económico que muestra contradicciones, señales cruzadas y falta de coordinación.
La recaudación cayó 9,7% real en febrero. No es un dato menor: es una señal de enfriamiento profundo de la actividad. Con menos ingresos fiscales y provincias asfixiadas, el margen para absorber un shock externo es cada vez más reducido.
Mientras tanto, el Gobierno apuesta a acelerar el ingreso de dólares a través del régimen de regularización fiscal —presentado como “inocencia fiscal”— con la expectativa de que aparezcan divisas que oxigenen reservas y calmen al mercado. Pero en el sistema financiero hay preocupación por la calidad y el origen de parte de esos fondos, y por el mensaje que se envía en términos de institucionalidad y transparencia.
En un mundo que premia previsibilidad y castiga fragilidad, la señal no es menor.
Si el petróleo se mantiene alto y los mercados globales siguen en modo defensivo, Argentina puede quedar atrapada en una combinación delicada:
Inflación que vuelve a presionar.
Dólar bajo tensión.
Riesgo país en alza.
Caída de actividad más profunda.
La pregunta central deja de ser económica y pasa a ser política:
¿está el Gobierno preparado para administrar una crisis internacional de esta magnitud?
Hasta ahora, la estrategia oficial descansó en el ajuste fiscal y la expectativa de estabilización gradual. Pero el escenario global cambió. Y cuando el mundo cambia, los países con debilidades internas necesitan conducción firme, coherencia técnica y respaldo político sólido.
Sin coordinación clara en el equipo económico y con señales contradictorias hacia el mercado, el riesgo no es solo que la inflación rebote o que el dólar se tensione. El riesgo es que se erosione la confianza.
Y en Argentina, cuando la confianza se deteriora, la economía no perdona.
El mundo entró en zona de turbulencia.
La duda es si la Casa Rosada tiene hoy los instrumentos —y la solidez política— para pilotear en medio de la tormenta.

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