febrero 16, 2026

Puntanidad al palo

defender lo logrado

La CGT y el síndrome de Poncio Pilatos: cuando la neutralidad es complicidad

En un momento donde la reforma laboral vuelve a instalarse como eje de conflicto social, la conducción de la CGT eligió el camino más cómodo: el paro sin movilización. Una medida que, en términos políticos, suena más a gesto administrativo que a herramienta de lucha.
Mientras miles de trabajadores sienten que se discuten derechos históricos en el Congreso, la central obrera mayoritaria opta por mirar el proceso desde la distancia. Sin calle. Sin presión real. Sin cuerpo colectivo.

La pregunta es inevitable: ¿se puede enfrentar una reforma estructural sin ocupar el espacio público?

Paro sin calle: la liturgia vacía

La historia del movimiento obrero argentino demuestra que las conquistas no se lograron con comunicados ni reuniones virtuales. Desde el 17 de Octubre hasta las grandes huelgas contra las políticas de ajuste, la presencia en la calle fue el factor determinante para torcer decisiones.

La CGT, en cambio, parece apostar a una estrategia de bajo voltaje. Una suerte de equilibrio calculado que evita la confrontación directa. El problema es que, cuando se discuten derechos laborales, la tibieza no es neutral: favorece al poder.

Hacer “la gran Poncio Pilatos” puede servir para preservar sillones, pero difícilmente sirva para representar a las bases.

¿Con el gobierno o con los trabajadores?

El interrogante atraviesa a buena parte del sindicalismo tradicional. ¿Está esta conducción dispuesta a asumir el costo político de una confrontación real con el gobierno de Javier Milei? ¿O prefiere administrar el conflicto sin desbordes?

Cuando una central decide no movilizar en un contexto de reforma estructural, envía un mensaje claro: no quiere tensar la cuerda. El problema es que la cuerda ya está tensada en los lugares de trabajo.

Y cuando la dirigencia no expresa ese malestar, las bases buscan otros canales.

La CTA y la lógica de la movilización

En contraste, la CTA definió movilizar al Congreso. Más allá de simpatías o diferencias, hay allí una decisión política coherente con el momento: estar en la calle cuando se discuten derechos.

Porque la política no se mira por televisión. Se disputa en el territorio. Y el Congreso no es solo un edificio: es el escenario donde se confrontan proyectos de país.

El riesgo del desborde

La historia sindical argentina también muestra que cuando la conducción se distancia demasiado de sus representados, las bases terminan marcando el rumbo. Asambleas, plenarios, movilizaciones autoconvocadas. La energía social no desaparece: se reorganiza.

La CGT enfrenta hoy una disyuntiva histórica. O asume un rol activo frente a la reforma laboral, o quedará ubicada como una conducción que administró el conflicto sin liderarlo.

Y en política, los vacíos no existen: siempre alguien los ocupa.